Los ciegos y el elefante (y III) [Voces del pasado]

LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE (y III)

Voces del pasado

 En entradas anteriores cuestionamos la parcialidad con la que comúnmente se maneja el concepto de “patrimonio”, concretando a continuación – en un análisis de servilleta referido al edificio de la antigua Delegación de Hacienda de Huelva – la complejidad con la que realmente se nos presenta.

Viene esto motivado por la intervención que sobre el edificio se ha proyectado por el estudio SV60 Cordón & Liñan Arquitectos. Y es que, a juicio de ciertos sectores, la propuesta de intervención aprobada desvirtúa el edificio transformándolo, a su juicio, inadmisiblemente.  Traiciona su autoría – según estas voces – en una defensa de la labor del arquitecto que resulta sorprendente. Quizá porque los autores preferirían gozar del mismo reconocimiento de su trabajo en vida. El desdén con el que es tratada la arquitectura contemporánea contrasta con esta defensa sin matices de la heredada, sobre todo cuando se hace sin un cuestionamiento previo de lo relativo a sus valores.


Imagen del proyecto. (Web del estudio SV60 Cordón & Liñán Arquitectos)

Como armas en esta lucha, lo mismo se ha disparado con grados de protección que con murales que pocos recuerdan, pero que no se ha dudado en presentar como el Friso de Beethoven si se conseguía así reforzar la causa. Asumiendo que hay parte de razón en ambos argumentos, el error de concepto es considerarlos como sustanciales. Tanto uno como otro son tan resolubles como voluntad haya de que lo sean, siempre que se subordinen a lo principal. Y lo principal es que la obra de arquitectura, también la que consideramos parte de nuestro patrimonio, no es una escultura. Ni un fósil o una ruina. No es cerrada ni estática. No es un objeto de veneración. Para la arquitectura, la consideración patrimonial no supone apretar el botón pausa. La obra de arquitectura no se congela ni se expone en urnas. Lo principal es que la arquitectura -si lo es, si lo sigue siendo- debe permanecer viva, adaptándose a nuevas necesidades y nuevas circunstancias. Es servidora de la sociedad, y a ella se debe. Y las sociedades cambian, afortunadamente como veremos.

Se ha enarbolado por estos sectores el argumento de una determinada “lectura estética y contextual”, la cual deberíamos tener derecho a disfrutar. Y para ello se plantearía como obligada –siempre según estas voces- la más fiel reconstrucción posible del edificio. Merecemos -se nos dice- el “disfrute” del mismo como fue concebido, de modo similar a como lo hicieron sus coetáneos. Curiosa reivindicación considerando que se trataba del brazo local de la administración de Hacienda de una dictadura.

Parece evidente la necesidad de respetar y conservar los elementos más reconocidos y asentados en el paisaje colectivo. Los que, según vimos, le otorgan verdaderamente su carácter patrimonial. La sociedad no quiere ni debe prescindir de ellos, y la propuesta en consecuencia tampoco lo hace. Pero más allá de esto, ¿debemos en el siglo XXI “disfrutar” el edificio como sus coetáneos? Cuando se reivindica una lectura estética, ¿se ha entendido estéticamente el edificio?

Porque éste emplea de manera muy evidente todos los recursos propios del lenguaje oficial de la época, tan válidos para Huelva como para Zamora. Ajenos a cualquier geografía porque pertenecen a un ámbito superior, dominante. Materialmente, el uso del granito en la masiva y pesada fachada no hace referencia a otra cosa más que a la solidez de un poder implacable y con vocación de eternizarse. La opacidad de la misma no requiere de muchas explicaciones, y los postizos y casi teatrales aderezos, con órdenes clásicos, pretenden interponer distancia con la ciudadanía, elevarse sobre ella. Imponerse. Se presenta a la ciudad severo y distante, y tan sombrío como puede esperarse de un edificio construido por el régimen en 1944. El término “neo-herreriano” es un enorme eufemismo que suaviza la mesetaria realidad. Lo más curioso es que para desempeñar este papel, tiene que hacerlo de la forma más explícita posible ¿De veras nadie lo ha visto cuando lo reivindica estéticamente? ¿Seguimos pensando que debemos “disfrutarlo” como sus coetáneos?

Hemos concluido que, por su carga emocional para muchos onubenses, por su valor documental para la reciente historia urbana de Huelva, y como parte del paisaje de la ciudad, el edificio debe conservar los elementos que garanticen la permanencia de estos valores patrimoniales. Pero la arquitectura del siglo XXI en una sociedad democrática debe construirse mirando al futuro y sabiendo trasladar a sus obras los valores que le son propios, que desde luego no son los que en la actualidad se expresan en el edificio. Y tenemos los mecanismos formales para -manteniendo lo anterior– corregir esta disfunción.


Imagen del espacio central concebido por el proyecto. (Web del estudio SV60 Cordón & Liñán Arquitectos)

No se trata aquí de valorar si el proyecto consigue esto de mejor o peor forma (sería objeto de otro análisis) pero, desde luego, la estrategia no puede diferir mucho de ésta. Preservando lo esencial de su imagen exterior, se concibe interiormente de manera que la luz – que no resulta posible integrar desde fachada al mantenerse ésta – se introduce cenitalmente, distribuyéndose por el interior gracias a un gran vacío central. Es un mecanismo, como podría emplearse otro, para generar un edificio acorde al espíritu del momento, mediante espacios mucho más abiertos y flexibles. Ya dijimos que la arquitectura se expresa, y estos elementos  -la luz, la transparencia, la continuidad en los espacios o la flexibilidad formal- reflejan valores de la sociedad actual. Y no por ello se desvirtúa patrimonialmente el edificio. Más bien al contrario, se revitaliza. Resucita para un momento nuevo. Lo contrario consiste en momificarlo.

Quizá para completar esta concreción en el edificio de los valores que la sociedad demanda en sus espacios públicos, éste debería diluir más los límites entre interior y exterior, de forma que la planta baja pudiese – al menos temporalmente – ser destinada a usos abiertos y participativos para la ciudadanía. Se daría así un paso más en la dirección de construir una arquitectura pública más abierta y cercana, lejos de aquella otra, que marcaba nítidamente su jerarquía frente a (sobre) la sociedad. Es un camino a afrontar sin miedo al futuro y con conocimiento y respeto por el pasado, que debe hacerse desde el debate y la razón.

[César Morales Cuesta]

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